El aire cálido de Forjaz llenaba el ambiente, el Alto Expedicionario Magellas paseaba por la Sala de Exploradores mirando las estanterías de libros, había leído la mayoría de ellos. De pronto vio uno que había pasado por alto hasta entonces, lo cogió con cuidado, pues era un libro antiguo y frágil, y lo posó sobre una mesa cercana, abrió la tapa y pasó unas pocas hojas amarillentas.
Mientras tanto, unos pasos tan ligeros que pasaban desapercibidos hasta para el propio suelo se aproximaban al centro de la sala.
Magellas se percató de su presencia varios segundos después de que ella estuviera plantada a escasos metros de él, mirándole.
- ¿En que puedo ayudarla? – dijo distraídamente sin apartar la vista del libro.
- ¡Magellas!
El enano levantó la mirada, mientras lo hacía, su cabeza procesaba la voz de aquella chica, la había oido antes en…
- ¿Eres…?
- ¿Tanto tiempo ha pasado que no me reconoces?
- En realidad, sí, ha pasado una eternidad, desde que eras una niña.
- ¿Sabes? Juraría que tú sigues siendo igual de viejo.
- Bueno, unas decenas de años no se hacen notar en las juveniles arrugas de un enano… -el enano se acarició la barbilla pensativo- Pero no estás aquí de visita, ¿o sí?
- No, es cierto, estoy aquí por trabajo.
- No has cambiado en absoluto entonces, y dime, ¿qué trabajo te ha traído hasta la lejana Forjaz?
- Uno que estoy apunto de conseguir.
- ¿De veras? -dijo recogiendo el libro- ¿cúal?
- ¡El de exploradora!
El enano se sobresaltó, por poco se le cae el libro. Cuando consiguió dejarlo en su sitio sin mayores percances se volvió.
- Ah ¿sí?, ¿y qué tipo de exploradora quieres ser?
- Pensaba recopilar información sobre Azeroth, sobre sus distintas zonas y habitantes.
- ¡Pero de eso ya tenemos suficiente información!
- ¿Suficiente información? ¿y tú eres un explorador?
Aquellas palabras golpearon al Magellas, la recordaba astuta, pero no tanto.
- De acuerdo entonces, pero no se consigue el puesto así como así, tendrás que demostrarme lo que vales haciendo una primera exploración.
- Esperaba tener que hacerlo, ya he preparado mi equipo, tan sólo dime dónde y lo haré.
Magellas miró por encima de su hombro, después se acercó a la elfa de la noche y le susurró:
- Mira, sólo porque te tengo aprecio, te lo voy a poner fácil, hazme un análisis sobre tu tierra natal y veré que puedo hacer, a estos viejos gruñones no les gusta la sangre nueva… ¡y menos la de otras razas!
[Bueno, vale, inciso, os preguntaréis qué demonios es esto, no me he vuelto loco, tampoco es rol, aunque me gustaría tener la imaginación y paciencia necesarias para ello, no lo es. He decidido crear una nueva sección de lore, visitaré las distintas regiones de Azeroth y haré un análisis sobre ellas, sobre sus emplazamientos, su gente, su historia actual y pasada... Y me ha parecido correcto hacerlo en un cierto tono literario. Y sin más...]
Había caído la noche, el barco que partía de Auberdine se había retrasado por un problema con un trillador que había olido la carga de carne que transportaban. Según se acercaban a Teldrassil, a nuestra exploradora le venían a la cabeza recuerdos de su infancia, desde que abandonó Teldrassil en busca de fama y gloria no había regresado, la labor de salvar el mundo no era de su agrado, a diferencía de muchos de sus congéneres, ella trataba de llegar a lo más alto en el comercio o hasta en un empleo respetable.

Por fin llegaron al puerto, la Aldea Rut’theran era el punto de partida de la mayoría de aventureros elfos de la noche, algunos, a veces, incluso volvían vivos. Se bajó del barco y caminó por el embarcadero, miraba hacia arriba, hacia la espesura de las copas de los árboles (o ramas) que salían del tronco principal del Árbol del Mundo.
Miró a su derecha, allí se encontraba el puente que llevaba al nido de los hipogrifos, el vuelo hasta Auberdine era gratuito para los elfos de la noche (claro que el viaje era lo suficientemente largo como para preferir esperar al cómodo barco).
Oyó partir al barco detrás de ella, por lo visto se había entretenido demasiado admirando al paisaje, debía ponerse en marcha. Atravesó el portal que los elfos habían creado para simplificar el viaje desde la base del árbol hasta la cima, la ciudad de Darnassus se encontraba al otro lado.
Era tal y como la recordaba, eterna, quieta, pacífica. Ella siempre había creído que era una ciudad rígida, demasiado para su gusto, prefería el movimiento de otras ciudades como Forjaz o Ventormenta… probablemente le habría encantado vivir en la agitada Gnomeregan, donde cada día sin saltar por los aires, era un día aburrido.
Se acercó al centro de la ciudad, era un punto más concurrido que los demás, ya que allí se encontraba el banco, uno de los monumentos más famosos de Darnassus, pues el árbol en el que se almacenaban las pertenencias de la gente tenía una forma única y difícil de conseguir, un oso adornaba la base, un pájaro la copa, era un símbolo de la tradición druídica.

Antes de ponerse a explorar la zona más salvaje de Teldrassil, pensó que no sería mala idea visitar los dos principales centros de operación de la ciudad, el Enclave Cenarión, con el Archidruida Fandral Corzocelada -quien no quiso recibirla- y el Templo de la Luna, donde no entró por respeto a las sacerdotisas de Tyrande.


Cuando hubo visitado ambos lugares, decidió que saldría de la ciudad, era un lugar apacible, relajante, inspirador, era una suerte que le hubieran encargado ése para empezar, pues lo conocía a la perfección. Volvió la vista atrás.

Tomó aire y se dispuso a planear una ruta. Decidió que un buen lugar a visitar era el río que surgía del centro del bosque para caer por el borde norte del árbol. Para ir allí tenía que atravesar el territorio de las arpías, que habían aumentado en número en los últimos meses, era una de las situaciones que preocupaban a la población, pues las arpías eran un símbolo de la corrupción, altos elfos a los que la explosión del Pozo de la Eternidad transformó en viles seres alados sedientos de sangre.

Atravesó aquella zona nerviosa, no le gustaba la presencia de esas despiadadas criaturas… ni a ellas la suya, claro.
Llegó al Claro del Oráculo, allí estaba plantado un primer intento del artista que levantó el árbol-banco de Darnassus, lo cierto es que era un proyecto bastante bueno, tan sólo le falló la altura, es por ello que no hubo más pruebas previas al definitivo. Se movió veloz por el territorio de las arañas, había oído que algunas alcanzaban un tamaño descomunal y no quería comprobar si era cierto.
Por fin llegó al río, en torno a él se habían acumulado los brezomadera, era una especie que no le resultaba desagradable, como a la mayoría, pues comprendía que eran, en realidad, plantas. Claro que tampoco se acercó en exceso a ellos, no quería que a ninguno se le ocurriera la extraña idea de atacarle.
Visitó el borde del precipicio, era enorme, una caída desde allí habría significado la muerte… o un gran viaje a nado hasta la costa más cercana en caso de llegar hasta el mar. Allí empezó a pensar en las palabras que utilizaría para describirle el lugar a Magellas, para sus próximas exploraciones ya estaría autorizada a escribir un diario oficial de explorador. Cuando creyó que ya había preparado bastante la primera parte del discurso decidió volver, tenía aún mucho Teldrassil que ver.

Decidió que era buen momento para visitar la segunda ciudad más importante de Teldrassil, Dolanaar. Era un pueblecito pequeño, situado más o menos en el centro del tronco. Estaba bien defendido por unos pocos protectores y unas cuantas centinelas. Era un lugar de paso, pues muy pocas personas vivían realmente allí, el centro de interés para los aventureros era la posada.

No había tiempo para descansos, se encaminó hacia el este en dirección a la Aldea Brisa Estelar, sabía que hacía un tiempo que las tribus de fúrbolgs se habían adueñado de la aldea, pero quería verlo con sus propios ojos. Efectivamente, la zona estaba llena de tuercepinos, la tribu local, no se sabía qué les había incitado a atacar, pero lo habían hecho y de forma efectiva, otro posible signo de corrupción.

Estar allí le recordó que había otro lugar que los tuercepinos habían tomado por la fuerza, el Túmulo de Ban’ethil, para ir allí tendría que darse la vuelta, decidió aprovechar el paseo y visitar el Lago Al’Ameth. Cuando era niña solía pasar el tiempo en el embarcadero, ahora el lugar era peligroso por culpa de los brezomadera corruptos que rondaban por la zona, no obstante, había quienes se preocupaban del asunto y estaban experimentando con remedios para aquellas criaturas. Decidió no pasar excesivo tiempo en las proximidades del lago, le habían hablado de Roblegüello, un brezomadera descomunal con malas intenciones, no quería conocerlo.

Recorrió la orilla del río hasta llegar a las montañas del este de Teldrassil, se encaminó hacia el norte y se adentró en el claro que se abría entre las montañas, allí se encontraba el Túmulo Ban’ethil, antaño lugar de reposo de los druidas que se encontraban en el Sueño Esmeralda, ahora convertido en bastión principal de los tuercepinos.
Sabía que los tuercepinos habían asesinado a algunos elfos en el túmulo, pero la inmensa cantidad de ellos hacían impracticable un ataque a pequeña escala, si querían recuperar el túmulo, habría que llevar a todo un ejército.

Continuó hacia el norte y, una vez hubo llegado al sendero, volvió al este, su último destino sería Cañada Umbría, lugar de entrenamiento de la mayoría de guerreros. El claro era uno de los lugares más preocupantes de Teldrassil, ya que allí se habían establecido unos campamentos de Grells, demonios residuales producto de las invasiones de la Legión Ardiente, pero demonios de todos modos.

También era preocupante la cantidad de arañas que habían surgido de repente, por no hablar de la proliferación descontrolada de las especies locales. Visitó Aldrassil, el árbol-cuartel de la zona, era grande, muy grande. El encargado de la seguridad de Cañada Umbría, Tenaron Tormentagarre, estaba muy ocupado mandando a los jóvenes aspirantes a héroe a buscar agua de los Pozos Lunares para tratar de sanar la corrupción creciente de Teldrassil.

Por último, aunque odiaba la idea de estar rodeada de aquellas criaturas, entró en la cueva de las tejemadera, se adentró un poco con todo el sigilo del que fue capaz y llegó al nido principal, allí, decenas de huevos de tejemadera estaban velados por Githyiss la Vil, la araña más grande de la Gruta Narácnida.

Una vez hubo visitado todos los lugares de interés de Teldrassil, se dirigió a Darnassus, mientras caminaba, iba preparando la descripción que le daría a Magellas, tendría que utilizar las palabras adecuadas si quería obtener el puesto. Para cuando llegó al embarcadero de la Aldea Rut’theran ya lo había pensado, estaba bastante contenta con el resultado. Ahora sólo quedaba esperar al barco para volver a las tierras del este.

Ahora os toca a vosotros, lectores, hacer de Magellas y dar su juicio, cierto que esta primera entrega ha contenido poco lore (tampoco hay demasiado en una zona que no ha existido hasta World of Warcraft), pero la intención es que, además de hacer una visita fotográfica a las distinas zonas, se comente algo sobre las zonas que tengan historia, batallas, reuniones, visitas de personajes conocidos… etc. También haré referencia a las distintas quests de la zona, para dar un toque cercano al lector.
Por último, mi imaginación acabó donde empezó la idea del proyecto y no he conseguido darle un nombre convincente a la protagonista (que es ficticia, las screens las saco con mi priest 80). Os dejo también a vosotros dárselo.
